#96 / Roberto Canessa y el mito del “No aguanto más”

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En diciembre de 2015 me llegó el adelanto de un libro que me paralizó: I Had To Survive (Atria Books), la versión en inglés del libro del Dr. Roberto Canessa que finalmente salió publicado (en inglés y español) el 1 de marzo de 2016. Para quienes no reconozcan el nombre, Canessa fue uno de los sobrevivientes del llamado “Milagro de los Andes” de 1972. A nivel personal, siempre quise hablar con Canessa, Fernando Parrado o algún otro sobreviviente de la tragedia/milagro; fue esa odisea, así como los milagros futbolísticos uruguayos a lo largo de la historia, lo que me permitió (como persona sin muchos estudios) sobreponerme a todo y “meterle para adelante” siempre. La publicación de este libro me daba la oportunidad de, finalmente, hablar con la persona que a lo largo de mis 52 años me vino a la mente siempre que me dije “no aguanto más”. Milagrosamente, siempre salí de todo y aquí estoy, lleno de moretones pero vivo y coleando.

Inmediatamente me comuniqué con mi editora en The Associated Press y mi nota salió publicada junto con el lanzamiento del libro.

Lo que sigue es la transcripción casi completa de mi videochat por Skype con Canessa y Pablo Vierci, el coautor del libro, en enero de este año. Ni bien pueda agregaré algunos detalles que faltan, pero ojalá este fragmento de mi conversación de casi una hora les sirva para que piensen dos veces antes de sucumbir ante ese falso “no aguanto más” que nos ataca a todos.

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Antes que nada, hábleme un poco sobre su relación con Pablo Vierci, el coautor del libro.

Pablo era dos años mayor que yo en el colegio. Nos presentamos a un concurso de poesía. El sacó el 1er puesto y yo el segundo. Rugbistas poetas, una cosa extraña, pero tiene mucha coherencia por la pasión del rugby. Y él se ha convertido en un experto en el tema de los Andes. Pablo escribe el libro La sociedad de la nieve, un libro sumamente exitoso, que da el trasfondo de por qué esas personas sobrevivieron en los Andes, qué características tenían, y [La sociedad de la nieve] tiene una diversidad de fórmulas sobre cómo sobrevivir. El error que ha cometido el mundo es que se piensa que el sobreviviente tiene un perfil solo. Yo creo que el sobreviviente, así como el vivir la vida, tiene muchos perfiles. Y él logró enfocar en cada uno de los sobrevivientes cuál fue su perfil. Tal es así que, cuando hacíamos ese libro, en cierto momento le digo, “Mirá, Pablo, yo creo que nosotros tuvimos que crear una sociedad nueva adaptada a ese lugar… Creo que vivíamos en una sociedad en la nieve, totalmente diferente a la sociedad civilizada”. Y le encantó ese nombre. Y tanto le encantó que al capítulo le había llamado “La sociedad de la nieve”. Lo malo es que, a los que [publicaron] el libro, también les gustó y lo usaron para nombre del libro. Y nos dimos cuenta que nos habían quedado muchas puertas interiores por abrir, de ver que la persona que había pasado por todo eso obviamente tiene que haber dejado marcas en la conciencia y el espíritu que podrían haberse transformado en un problema terrible. Alguien dijo, “Estos muchachos vivieron tanto que su alma ya tiene 80 años y no les auguramos una larga vida”. Bueno, aquí sigo, [44] años después. Entonces, junto con Pablo buscamos en esa idea de por qué me aferraba yo tanto a los pacientes, por qué buscaba casos perdidos e imposibles, y surge la duda: ¿Ya era así antes o soy ahora así? Pablo tuvo esa intuición, quizás por su formación de psicólogo, de ir viendo adentro y fuimos encontrando cosas. Una mañana estábamos hablando por teléfono y le digo, “Pablo, cuando veo la ventana del ecógrafo y veo a ese niño ahí adentro, es como la ventana del fuselaje que me unía a la vida”. Y ahí Pablo compró. “Pero Pablo, ¿no será un divague?” “¡No, Roberto, eso es así, es así! ¡Es terriblemente poderoso! Tú estás vinculado a todo lo que es la búsqueda de la vida”. Y así fueron surgiendo muchos paralelismos. Y yo seguí viviendo la vida, no como sobreviviente pero sí como rescatista, ¿no? De ayudar a salir de su montaña a tantas familias y, en ese sentido, he tenido un retorno espiritual maravilloso, con esos padres agradecidos, que a fin de año vienen con esas niñas grandes. María del Rosario ya cumplió 12 años… Los padres tenían grandes dudas, si no era traumatizante para ellas poner todas sus peripecias en el libro. Y ellas decían, “Pero mamá, ¿cómo no voy a estar yo en el libro de Roberto, si él me salvó la vida?” [El libro muestra] un camino impresionante para mucha gente que maneja adversidades como todos y a veces con adversidades extremas, como es tener que comerte a los muertos, como es sentir que te vas a morir. ¿Cómo convivir con esos muertos que están alrededor tuyo y cómo sobrevivir y salir adelante? Este libro está dedicado a los que sufren, para que sepan que hay esperanzas. Creo que ése es el gancho más importante del libro. No solamente de la cordillera ni de una enfermedad, sino de muchas cosas.

“La cordillera de la vida”…

¡Claro! Es una imagen un poco gastada, que cada cual tiene su propia cordillera y la trepa como puede, pero yo creo que cada cual tiene sus problemas y los maneja como puede. Acá lo que hay es una manera de manejarlos. No solamente la manera mía sino la manera de los pacientes. Siempre surge una madre o un padre que están enganchados de manera diferente, y eso es lo fascinante: que podemos resolver problemas muy importantes con diferentes palancas, cuñas, gatos, herramientas.

Sacando fuerzas de donde uno no tiene… El ejemplo de los Andes siempre me marcó mucho, es un recordatorio constante de que muchas veces nos sentimos que no damos más pero siempre como que queda una reserva que ni nosotros mismos conocemos, ¿no?

Es el famoso lema del “no aguanto más”. Yo sentía eso a la media hora del accidente, pero resulta que aguantás mucho más. Aguantamos 72 días. Si nos hubiesen dicho “vas a tener que esperar 72 días”, yo hubiese dicho “No, yo me muero ahora y me ahorro todo el resto”. Y ese “no aguanto más” es una sensación espiritual, no es una realidad material. No sabemos nosotros cuándo es “no aguanto más”, no sabemos cuáles son los límites de nuestras fuerzas. Porque seguís aguantando y seguís estando. Y con cada paso en la cordillera no aguantás más, y sin embargo das el siguiente paso. No es que uno no sepa cuánta fuerza tiene: lo que no sabe es dónde está el límite de sí mismo y uno cree que conoce todo de sí mismo, y ése es el error. Cuando uno realmente no aguanta más es cuando se muere. Pero la mayoría de los “no aguanto más” son grandes mentiras.

Después de todo lo que pasó en la cordillera, ¿siente, realmente, que hay algo imposible? ¿Alguna vez se dice a sí mismo que tal o cual cosa “no tiene solución”?

Yo lo único que pienso es que, si logré salir de los Andes, voy a tratar de hacer otras cosas y, si es posible, que me vaya bien. Apliqué la misma fórmula: das un paso, das otro paso, vas caminando, vas viendo, te vas acercando, vas esperando… Vas viendo que le energía te vuelva de vuelta…. Yo creo que el timing es muy importante, a veces. A veces nos apuramos mucho: “No, es imposible”. Lo que es imposible es educar a los hijos, por ejemplo. ¿Viste qué difícil que es cuando te confrontan y te discuten? Y vos decís, “Pero acá no puedo aflojar, tengo que dar el siguiente paso, tengo que seguir avanzando…” Además, yo disfruto de esa incertidumbre gigantesca de los desafíos de la vida. Creo que es lo sabroso. No es un tema de si hay imposibles, el problema es si hay sueños y si estás dispuesto a avanzar hacia ellos. Aunque suene a cliché, la vida es el camino. Si ya te compraste la Ferrari, la remera Lacoste, tenés la modelo, todo, y te mirás al espejo y seguís siendo el mismo estúpido de siempre, entonces te das cuenta que arrancaste mal, que no era de afuera lo que necesitabas, sino de adentro. Por eso hay tanto sufrimiento, porque se te atiborran todas las entradas de placer y quedás intoxicado y no tenés tiempo para sentir, para desarrollarte y te das cuenta que tiene razón el asceta que vive en un camastro y vive realmente conectado a lo espiritual.

En Uruguay nos jactamos de tener el lema ése que dice que en nuestro país “las únicas estrellas están en el cielo”. Me da la impresión de que en Uruguay no se le da hoy tanta importancia al milagro de los Andes que la que se le da en el resto del mundo. Se llegó a insinuar, incluso, que si los pasajeros del avión hubiesen sido de otras clases sociales, no tan “acomodadas” como las de Carrasco, hubiesen salido antes de la montaña. ¿Eso lo molesta o hiere?

Me encanta, me fascina, me parece divertidísimo. Me da mucha lástima el mecánico de Villa Española que se murió triste y solo. Yo le preguntaba cómo se manejaba la radio [del avión], un montón de cosas… Y capaz que es verdad: si [los pasajeros] hubiesen sido de Villa Española hubiesen salido mucho antes, pero no estaban ahí los de Villa Española, ahí estábamos nosotros e hicimos las cosas como pudimos. Yo creo que el conocimiento te ayuda muchísimo. Este país es divino, pero tiene la neurosis del Río de la Plata. Vivimos en la época del tango, del pasado, de que se fue, que no volvió nunca más, todo ese lloro que tenemos constante, y además esa frase tan divina que dice “Y éste que va a hacer? Yo lo conozco, vive en la esquina de casa”. “Si yo nunca me elevé más de dos centímetros del suelo, el otro no puede subir”. Pero eso se está terminando, porque ya estoy viejo y tengo pelo blanco, voy caminando por un corredor del hospital y la gente dice, “Mirá, mirá, ése es el Dr. Canessa, después te cuento su historia”. Pero para eso tuvieron que pasar 40 años, se supo que la historia que contábamos era la verdad, que no había dos versiones, que cumplimos con todos nuestros objetivos de volver a la vida, que fuimos solidarios. Pero está muy bueno eso, es donde vivimos, a nosotros nos gusta ser así también.

La pesadilla no terminó cuando los rescataron, sino que ahí empezó otra odisea, ya que los rescatistas no creían que los sobrevivientes estaban donde ustedes decían que estaban.

Estaban totalmente desconcertados, pensaban que estaban viendo marcianos, no le entendían nada [a Parrado], no entendían cómo habíamos sobrevivido. Era un milagro que nos vieran vivos. Los únicos que sabíamos que no era milagro eramos nosotros, porque lo habíamos vivido, pero [los rescatistas] estaban totalmente desorientados. De las frases más lindas y emocionantes que vi en un diario de Chile era una que decía “Uruguayos tenían que ser”. Ése espíritu negativo que tenemos es el mismo que nos hace no aflojar y nos permitió salir campeones del mundo varias veces. Cuando nos creemos que estamos muy bien, que somos fantásticos, después vamos a la realidad y perdemos 10 a 0. Nosotros tenemos que ir de punto para ganar partidos, no podemos ir de banca. Cuando vamos de banca estamos fritos. Pero al momento del rescate estábamos muy felices. Los chilenos fascinados, como que nacimos de vuelta. Y ver ese helicóptero y saber que iban a volver mis amigos, aunque no sabíamos cuántos iban a volver…

Pero ¿cuántos quedaban en el avión cuando usted salió a caminar con Parrado, y cuántos quedaban cuando volvieron?

Pablo Vierci: Cuando Roberto, Nando y Tintín [Antonio Vizintín, que regresó al fuselaje al tercer día de la caminata de Canessa y Parrado] salieron, quedaban 13 sobrevivientes vivos, 14 con Tintín. O sea que en esos 10 días de caminata ninguno murió. Incluso lo que precipitó la salida de la expedición final fue la muerte de Numa [Turcatti], el último en morir. Pero eso fue antes de la expedición final.

Canessa: Éramos 16 en total. Quedaron esperando 14 en el fuselaje y sobrevivieron todos. Recién el año pasado falleció el primero, que fue Javier Methol.

Me imagino la mezcla de alivio y euforia que sintieron al momento del rescate…

Sentís que lo habíamos hecho como equipo, que les pudimos cumplir. Era un momento de una alegría brutal. Fue como haber pasado 72 días con un elefante sentado en la cabeza y de repente no estaba más el elefante y podías respirar hondo y bajar la guardia.

Como buen (e irracional) futbolero, últimamente desarrollé una especie de fobia contra todo lo chileno. Pero preparándome para esta conversación, lo ví a Carlitos Páez llorando y gritando “¡Viva Chile! al momento del rescate y como que fue un muy necesario ayudamemoria. Así que desde estas líneas le pido disculpas a cualquier chileno que ofendí desde la última Copa América…

Con Chile siempre tuvimos una relación excelente. Vas a Chile, te invita gente, te invitan a una copa… ¿Quién va a negar la hermandad con Chile? Nosotros también somos muy babosos. El chiste ése de que, si salís a una fiesta, tiene que manejar el chileno porque nunca tocaron una copa… Hay una baba de ida y vuelta, pero creo que ellos también tienen derecho de ganar su partido. Con Chile nos podemos agarrar a las tortas en un partido de rugby, pero hay un tercer tiempo que nos une de toda la vida. El otro día escuchaba a un comentarista chileno decir “¡A Uruguay es imposible ganarles, si se caen de un avión y salen caminando!” Desde esa humildad que tuvieron para decir que lo que hicimos era imposible, nos ganaron.

En el libro usted menciona las diferentes personalidades entre usted y Nando, al punto que uno piensa que solamente ese equilibrio entre ustedes dos, esa combinación, hubiese permitido salir de la montaña. ¿Qué tipo de relación tienen hoy?

Somos totalmente diferentes. A Nando le gusta el glamour, Punta del Este, los autos deportivos, y a mí me gusta trabajar de médico. Mi mujer me dice “¿Por qué no hacés como Nando, que la pasa bien? Vos te pasás autoflagelándote”. Ahora estoy en el medio del campo, corriendo atrás de los caballos, transpirando y todo, pero creo que ahí le encuentro el gusto a la vida. Yo no soy para estar tirado en la playa, conversando, o para dar entrevistas con AP por Skype… (se ríe) Me gusta el sabor del asadito casero, y ahora no puedo comerlo porque estoy a dieta.

Explíqueme bien esa imagen de que usted y Nando dormían al borde de un precipicio.

Es lo que había. Estás ahí colgando de una piola y lo único que querés es que la piola no se rompa. Lo importante del libro es poder relatar esos momentos que hacen los seres humanos y cómo los viven y los sienten. Yo te lo puedo contar, pero con un libro podés leerlo y releerlo y ver vos qué harías en ese momento. Ésa es la gran ventaja. Al tener un libro vos manejás el relato. Yo tenía la necesidad de dejar plasmado en un libro cómo son las personas y cómo reaccionan a 4,000 metros en un precipicio. Lo único que sabíamos es que, caminando sin parar, 100,000 pasos al oeste estaba Chile. Ese hilo conductor de la noche, esa lucesita que ves al final del camino que te dice, “No aflojes, seguí, que caminando vas a llegar. Si parás, estás muerto seguro”.

Pero los que caminaron fueron ustedes dos.

Nando estaba totalmente convencido que tenía que ir con él. Él me quería en la escudería, sabía que conmigo iba a andar bien. Y yo no tenía ganas de ir, me parecía absurdo, sentía que me estaba manipulando, que él era el portador del mensaje de, “¡Sí, vamos a sobrevivir!”, como si estuviese dispuesto a inmolarse en la montaña. Un día Arturo Nogueira me dijo “Bo, Roberto, la verdad que vos te debés sentir bárbaro, porque vos te das cuenta que nos podés salvar a todos y yo tengo las piernas quebradas”. Y ahí me di cuenta que me la estaba robando como un sinvergüenza y me convencí que tenía que meter [toda la carne] en el asador y me vino la idea heroica, me decidí a caminar y me importaba un pito si me iba a salvar o no. Hasta ese momento, la idea de especular a que otro saliera funcionó, pero en ese momento hice el click y me decidí a caminar. “Vamos, Nando, qué me importa si me toca morir”. Y Nando tiene una personalidad muy tranquila, muy de seguir y soportar todo… Cuando Nando quiere algo, banca lo que sea. Y bueno, me tenía que bancar a mí. Nos empezamos a transformar en uno, dormíamos abrazados, sin barrera, no había nada, había como una dependencia del uno y del otro. En lugar de ser dos personas, eran cuatro manos y cuatro pies que caminaban por la cordillera con dos cabezas.

Cuando quedaban pocas esperanzas, si no ninguna, su padre, Juan Carlos Canessa, se enteró que usted y Nando habían aparecido con vida mientras estaba en un taxi en Buenos Aires, y terminó llorando y abrazado con el taxista. “Mucho he pensado en aquel taximetrista, del que nunca supe el nombre, que me devolvió la vida justo en el momento en que yo había claudicado”, escribió su padre en el libro. “Recuerdo perfectamente su fisonomía: era ligeramente gordo, el cabello raleado, tenía unos 50 años”. ¿Le gustaría conocer a ese taxista?

Se terminaría la fantasía. No sé si tengo ganas de conocerlo. Es una historia de mi padre, yo no viví ese momento. Es como la carta que desapareció que Nando le tiró al arriero.

Me gustó la desdramatización que se hace en el libro de la antropofagia. Cuando debe mencionarse, se menciona, pero como la cosa más normal, sin demasiadas explicaciones ni justificaciones innecesarias.

Si tengo que encontrar una virtud de todos los sobrevivientes es que todos han sido honestos con la historia. Yo creo que [la historia] es tan fuerte en sí misma que es una lástima desvirtuarla y transformarla en un libro de canibalismo. A mí me dicen, “Ustedes se salvaron porque se comieron a los muertos”, como si fuera una fórmula mágica: te comés un pedazo de muerto y salís de la cordillera. Nosotros nos salvamos porque salimos caminando. Nos salvamos porque encontramos al arriero. Nos salvamos porque éramos un equipo, nos salvamos porque Dios nos ayudó y Dios es grande. Nos salvamos por cosas muchos más valiosas. Ése es el gancho gigantesco de la historia. Las personas creen que lo peor es tener que comerte a los muertos. Lo peor es ver que se mueren todos tus amigos y ver que vos sos el próximo en la fila. Estás ahí en lista de espera para morirte y lográs sobreponerte a eso y que hay una fórmula para hacerlo, y el “no aguanto más” es el umbral de un camino de 70 días.

En el ’94 usted incursionó en la política. Ahora que aparentemente el romance con el Frente Amplio empieza a desgastarse, ¿hay alguna posibilidad de que vuelva a hacer alguna campaña?

¡Tas loco! Si salgo presidente ahora salgo corriendo. Yo lo veo a Tabaré Vásquez, colega, ha envejecido 10 años en nueve meses. En este momento el poder sindical es pavoroso. Tienen toda parada la basura y la tiene que recoger el ejército. Y les siguen diciendo “¡milicos putos, no queremos que recojan la basura!” Estamos metidos en una parafernalia muy terrible, le han dado mucha manija y la manija se soltó ahora y le va a arrancar los dientes a todos los que estén cerca. Es un país muy diferente al que había cuando teníamos el Partido Azul, que era otro Uruguay. No es un momento para enganchar la política.

Yo banco al FA, pero pienso que, justamente, en momentos difíciles se requiere de grandes hombres, y si alguien puede soportar y aguantar cualquier cosa, ¿quién mejor que usted?

Sí, cuando tenía 19 años podía, pero ahora estoy jubilado. Quizás mi nieto sea presidente. Hay 53 fotos en el libro y ves a un flaquito morochito de 19 años que se va poniendo gordo y le aparecen las canas y los hijos. Vos me estás proponiendo para presidente, pero yo tenía 19 años y ahora tengo 62, loco, y peso 98 kilos. No, dejame tranquilo… (se ríe)

Pablo, la última: dame la visión definitiva entre el paralelo entre la montaña y la profesión actual de Canessa.

El vínculo entre la montaña y la profesión de Roberto como cardiólogo infantil es el inicio del inicio, cardiopatías en el feto, en el recién nacido, eso es un vínculo intransferible, no es un simulacro, no está traído de los pelos. Trabajamos 10 años en el libro. Estábamos en el año tres y Roberto me dice, “Pablo tenés que ver a Isabelle [mamá de Agustín, uno de los pacientes]… (se emociona cuando lo dice). Y fui a la casa, los entrevisto a los tres y después me fui y estoy parado con el auto en la Rambla y llamo a Roberto y le digo, “Roberto, el libro cambió de órbita”. La nueva órbita estaba ahí y no la veíamos por estar encandilados con la luz de la cordillera: es la luz que tienen que enfrentar todos los niños todos los días. Lo de la cordillera es más épico, pero lo otro tiene una épica intrínsica. Entre la cordillera y esos niños a los que Canessa ayuda a sobrevivir con su trabajo, encontramos el hilo conductor de la vida.

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