# 91 / Spinetta Jade 1982: el reportaje perdido

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Spinetta Jade en 1982 (desde la izquierda): Leo Sujatovich (teclados), Pomo Lorenzo (batería), Luis Alberto Spinetta (guitarra, voz), Frank Ojstersek (bajo) y Diego Rapoport (teclados).

En junio de 1982, Spinetta Jade se presentó en el teatro Nuevo Stella de Montevideo. No volvería a ver a Luis Alberto Spinetta (quien hoy cumpliría 69 años) hasta sus conciertos en Los Ángeles en los ’90 (Wadsworth Theater de UCLA y el Coconut Teaszer).

Este reportaje de 1982 tuvo lugar en el camarín del teatro luego del concierto y fue publicado en el “número cero” de la revista Ecos, que desaparecería poco después de publicado el número 1. Según el reportaje (que es bochornoso, por culpa de periodistas principiantes e ineptos que éramos y por eso quiero concentrarme en las respuestas, no las preguntas), en la charla estuvimos presentes, además de este servidor, un tal “Molinari” y un tal “Martínez”, quienes eran miembros de otra publicación. Pero también recuerdo que estaba presente Raúl Forlán Lamarque (hermano de Pablo Forlán y tío de Diego), un recordado crítico musical que fallecería prematuramente años después. Por alguna razón, dejé afuera sus preguntas, pero recuerdo dos (estoy parafraseando de memoria):

A Leo Sujatovich: “¿Te sentís opacado?” Leo abrió los ojos, sorprendido, y Spinetta se adelantó: “¿Cómo se va a sentir opacado? ¿Lo escuchaste tocar a éste? Además, para opacar a éste, no sé, tiene que venir Mahoma o alguien así…”

A Spinetta: “¿Estás con el proceso?” Spinetta se sorprendió más aún. “¿Con qué proceso…?” “Con el de tu país, con el gobierno [militar de la época]”. “No, no, no… Yo solamente estoy con el proceso de mi música”.

Sobre el final del reportaje se me ocurrió hacerme el gracioso, días después de la derrota argentina en el debut del Mundial de España 1982 [0-1 ante Bélgica]. Le pregunto a Luis: “¿Qué opinás de la derrota de Argentina contra Bélgica?”, me río y apago el grabador. Luis se enoja y me dice: “¿Qué apagás? ¿Qué sos, cómico? ¡Prendé, prendé…!” Prendo el grabador y dice: “Un tropezón no es caída. Somo los campeones del mundo y nos vamos a levantar. Ya nos verán”. [No se levantaron hasta 1986…]

Lo que sigue son las respuestas del grupo a todos, pero las preguntas son las mías. Saqué intencionalmente partes de la nota original escrita por mí porque son, realmente, impresentables. Pero lo que importa es lo que dijo el Flaco.

Sobre el recambio generacional del rock argentino en los ’80:

“Hay muchos músicos, lo que pasa es que la situación socioeconómica muchas veces impide que esos músicos lleguen a mostrar su obra, a producir discos o bien a organizarse conciertos como para que la gente los conozca. Acá tenemos a uno de los muchos talentos jóvenes [señala a Leo] que poseen grandes condiciones pero que les cuesta mucho emprender una producción por los grandes problemas económicos de los que hablamos. Básicamente, pienso que es eso, no porque no haya talentos, sino porque cuesta mucho llegar”.

Sobre la censura en su música:

“[No influye] de ninguna manera. La única censura la tuve sobre el tema ‘Sexo’ en esta última etapa de mi música, y no es demasiado importante; [sabíamos que] iba a ser censurada y se iba a prohibir su difusión. En el disco la hicimos igual y la tocamos en vivo”.

Pappo afirma que el movimiento de rock argentino no existe.

¿Quién?

Pappo.

…………

¿No lo tomás en cuenta?

No.

¿Por venir de Pappo o, simplemente, porque no estás de acuerdo?

“Simplemente porque no creo que no exista ese movimiento”.

Sobre el hecho de que Spinetta “no hace circo”:

Mirá, no creo que sea una cuestión de edades. Yo pienso que lo que ahora me importa es tocar mi música y nada más. Lo demás, con hacerles morisquetas a mis hijos, creo que está. Al público no necesito hacerle eso. Y [aunque parte del público necesite eso], también la necesidad de mucho público es que todo el mundo toque rock cuadrado, mientras lo que hacemos nosotros es una cosa bastante más completa. Entonces, si siempre hacés lo que quiere el público, estaríamos todos tocando chamamé, lo que sea”.

¿Te sentís con la obligación especial de hacer alguna obra que quede en la historia, al nivel de “Muchacha (ojos de papel)”?

“Por lo menos interiormente, no veo la necesidad de hacer algo más o menos perecedero de lo que pude haber hecho. Lo único importante para mí es hacer las canciones como yo las siento, poder tocarlas con Jade en la medida que todos estemos de acuerdo en hacerlo y poder darle a esas canciones el marco adecuado. De ahí a que esas canciones sean algo imperecedero, hay una gran distancia. Y yo no busco esa finalidad”.

¿Cómo recibiste cierta crítica que defenestró a El valle interior?

“Pienso que la crítica tiene derecho a decir lo que quiera, de cualquier obra. Lo lamentable es que el mismo crítico que deja mal una obra, luego critica bien una obra inferior. Si existiera una línea periodística que fuera consecuente con todas las cosas a la vez, no me molestaría. Lo molesto es que, cuando por algunos intereses bastante escabrosos, algún periodista escribe mal de un disco como ése, y a las dos semanas escribe bien sobre un disco-bochorno”.

¿Te referís a alguien en especial?

No. La mayoría de los críticos son más ego que los propios músicos. Todos, desde su Olivetti, pretenden recrear lo que los músicos tardan años en desenrollar. Entonces, pienso que la crítica en esta zona del mundo no es digna de ser tomada en cuenta”.

¿Es bueno que exista la crítica?

“¡Sí, por supuesto! Pero cuando tienen una línea y los periodistas no se dejan pagar, ¿viste?”

Que no hundan en un párrafo lo que al músico le costó tres años, ¿no?

“Exacto, que el periodista lo destruya en algunas horas con su máquina de escribir”.

Leo Sujatovich: “Lo que sucede es que los periodistas, en un 90 por ciento, no entienden NADA, Pero NADA DE NADA”.

Spinetta: “Aparte, se dejan guiar por cosas raras… Se toman dos whiskies y escriben bien; al otro día no tienen qué tomar y escriben mal… [….] Nosotros aceptamos a la crítica y a los críticos. Lo único que no aceptamos es cuando los críticos, por intereses personales, escriben mal de algo. Lo mismo que un crítico que trabaja para cierto y determinado artista y habla mal de todos los demás. Yo no estoy en contra de la crítica, sino de los que no tienen el suficiente poder para hablar de firme sobre las obras musicales. Escribir en dos palabras lo que a vos te lleva meses me parece destructivo, simplemente”.

Y eso va para la música como para cualquier arte…

“Absolutamente todo. Aparte, tenemos miles de ejemplos de críticas que son muy valederas, pero que son críticas de dos o tres páginas, como las de Rolling Stone, de los diarios especializados…”

Estudios, más bien…

“¡Claro! Y que los tipos son especialistas en determinado tipo de música y escriben muuuuuchas palabras, no lo primero que se les ocurre, ni se dejan guiar por las ondas mentales… En Argentina, los críticos van a los conciertos y, si ese día les vibró mal, escriben mal, aunque la música les haya roto la cabeza. Si se coparon bien, escriben bien. Eso no tiene nada que ver. La buena música es una sola y hay que escucharla con objetividad”.

El hecho de que una persona se ocupe de criticar un disco bueno, para bien o para mal, ¿no significa que ya esté tomando a la obra como un producto serio?

“No, porque eso no sucede. El crítico va a decir loas del sello que le regaló el disco”.

Sobre si la música es “buena o mala”:

“No hay otra manera de definirla”.

¿A qué se debe el éxito del candombe en Buenos Aires?

“En primer lugar, no creo en un éxito tan rotundo del candombe. Sucede que el candombe tiene la facilidad de ser fusionado con otros ritmos. No creo que sea por lo que vos decís, de que en Argentina no pasa nada [se refiere a otro de los periodistas presentes, no a mí]. De todas formas, quiero que sepas que ¿qué estilo no triunfa con Rada a la cabeza? El Negro es impresionante… A mí me gusta mucho. Los Fattoruso [Hugo y Osvaldo], ni hablar… Y otro solista muy conocido, que está afuera… [a ninguno se nos ocurrió preguntar si se refería a Jaime Roos, que recién había regresado a Uruguay]. Mirá que en Argentina hay candombe al igual que acá, al igual que toda esta costa”.

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#92 / Racism 2.0: France is French, stupid!

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“The Africans” celebrating their World Cup victory in Russia ’18 (photo credit: French Football Federation)

 

Every four years the same bullshit: as soon as a European country with more than one black player in its national team starts winning games in the World Cup, the dormant racist shows his/her true colors.

“Well, yeah… They’re not really [insert “German,” “French,” “English” or any other supposedly “white” country], they’re all Africans.”

Nobody mentions the fact that, in the case of France, goalkeeper Hugo Lloris has Catalonya roots and defender Lucas Hernández’s parents are from Spain. No. The only thing that matters for these idiotic, ignorant turds is the fact that Pogba, Mbappé, Dembele and other black players for the newly crowned World Champion are “African.” Never mind that all except one (Umtiti, born in Cameroon but in France since age 2) were fucking BORN in France. I could go on and on forever, team by team, pointing out evidence of the effect migration has had on those teams (even those without “Africans”), but better let Fernando Santullo speak.

Santullo is a Uruguayan rapper and journalist who, on June 21, published a must-read opinion piece in Búsqueda, a major Uruguayan weekly. With his permission, I translated the Spanish-language piece into English. It is, in my opinion, the text that better describes the problem with people saying France, for example, is “not really French” due to the presence of “naturalized Africans” in the team (another false statement).

Note to American (U.S.) readers: when I say “football” I’m obviously referring to what you call “soccer,” whatever that means.

Here Santullo’s story in Búsqueda (click here for the original link in Spanish):

The Ball’s Skin

by Fernando Santullo

One of the things that become clear during World Cups is that the issue of varieties of skin color, that topic of great interest to racists, is much more entrenched than they would like. Today, there are too many countries whose national teams show highly evident signs of how their societies have been transformed through recent and not-so-recent migratory flows.

This is also visible if you travel a little. It doesn’t have to be New York or Paris; I think of Buenos Aires, which is not so far or foreign to Uruguayans: in Argentina’s capital it is possible to find people from many places and, especially, those people’s children, already born in Argentina. Talking about children born in another country, if we get rid of the term “recent” when referring to the migration flows, you can see that almost all of us who live in Montevideo or Buenos Aires are the result of previous migration flows. And let’s not even talk about the children of the most recent immigrants we’re having the fortune to receive.

What a football World Cup allows us to see is how lots of people react before this new reality; how, for many people, a class vision persists which is concerned with pointing out a player’s ethnicity only when that player seems to come from a poorer country than the country he’s playing for.

I was asking myself on social networks, in a rather crude way: What is racism? Racism is to point out the origin of an English player when he is black and not when he is white. Or when he is a German of Turkish descent and not when his origins are, say, French. Or when you associate, probably unwittingly, citizenship and ethnicity. Moreover, racism appears when your little mental boxes point out ethnicity according to that person’s socioeconomic origin: ethnicity only matters if the player’s family comes from a poorer place. Let us not forget racism is always classist.

Besides being discriminatory, this vision is static and unhistorical. It is discriminatory because the comment about skin color, without fail, is always accompanied by a denigrating expression. It is static because it is not capable of accepting that these changes are taking place. So static that, oftentimes, those who spit out these types of things are people who, at one point in their lives, have migrated to other countries in search of a better future. But, of course, they’re white or, at least, that’s how they perceive themselves and, therefore, they don’t believe they’re part of this global mobility — that’s something people with less light skin do. And it is unhistorical because, almost without exception, that vision comes from people whose parents, grandparents or great-grandparents were migrants. Ignoring their own past, they don’t even try to understand that the present that surrounds them is a process that includes them and their great-grandparents. They barely look at it like a still photograph that slides in front of their eyes without any intelligible connection to their own personal past. Or collective, as it would be the case in cities like Montevideo or Buenos Aires.

At the same time, during a World Cup it is easy to see that these multi-ethnic national teams represent countries which, generally speaking, are usually richer. And we always come back to the same thing: it is the economy, stupid! People migrate in order to improve their material life, especially when their material life is practically nonexistent, mere survival. That’s why the negative pointing out of a player’s ethnicity (“These negroes can’t be French…” I heard 1,000 times when Uruguay lost against France in the U-20 World Cup final in 2013) only occurs when we’re talking about people who come from poorer countries — the poor is a migrant; the rich, regardless of ethnicity, is an investor or entrepreneur. It is a case of pure and almost always invisible classism. And many times, maybe out of the fashion of remembering the family origins of a player without realizing the bias I’m talking about, the sport journalists themselves are the ones who reproduce these nefarious habits.

This low-intensity classism-racism (its promoters don’t consider themselves one thing or the other, obviously) always necessitates the construction of an “other” to practice it upon. When it does not construct it in a clear and visible way, the ideology’s stench is barely noticeable: in Uruguay, almost no one has ever become scandalized by the fact that the proportion of poor blacks doubles that of poor whites; that’s part of the landscape and it is disguised as folklore: “They don’t want to progress, they just want to play the drums down on the corner.” And this is how they attempt to explain the fact that there are almost no citizens “of strange color” (as Rubén Blades said in “Plástico”) in the university system. Deep down, this vision mirrors the paternalism that characterized slavery in [Uruguay]: the blacks were “servants,” not slaves in a plantation. That closeness dilutes appearances and soothes hearts: The racist is always the other.

That is why it is interesting to see how that classism-racism blossoms, automatically and in HD but never admittedly, during World Cups. The ball reddens hearts and activates xenophobias that were, until then, dormant and without a clear objective. When the ball rolls and is touched by the opponents, the phobias find their objective and become explicit: “These guys are not English… Where have you seen a black Englishman?” Or French: “How can he be French if his parents were born in Réunion island?” The sad part of these questions thrown in the air by the Racist 2.0 is that the answer is simple and direct: You see plenty of black French and black English in France and in England, as it happens.

In a recent interview with Le Monde, Fernando Savater recalled something that is key in this issue: “Modern citizenship is not having the need to have blood from any particular place in order to be a citizen of a country.” That’s something hard to understand for the ethnicist, who believes citizenship rights must be associated to a particular skin color, origin or genetics.

Lastly, I have news for the xenophobic team: the world will never again be what your phobias and attractions thought they were. And I say “thought they were” because imaginary purities were never real: migration never stopped happening since we left the Horn of Africa and expanded ourselves throughout the world. And it will never stop happening: for as long as people understand it is worth moving and risking one’s life when it comes to look for a better life, migratory processes will continue happening and enriching us.

Thanks to that, we won’t stop enjoying Özil’s German technical skills, Pogba’s French power or Sánchez’s Uruguayan suede-shoe foot. Even if their skin color itches them, all the Racists 2.0 can do is learn how to scratch themselves.  

(Originally published in Spanish 0by Uruguay’s Búsqueda on June 21, 2018)

#93 / Mi reportaje perdido a Eduardo Mateo

MateoCon los periodistas que han escrito durante tantos lustros en las páginas de crítica, ni te molestes”, me escribió Jaime Roos hace unos días, después de que yo le comentara sobre el libro reciente de Milita Alfaro. “Se cocinaron solos. Es lo que tiene la palabra escrita, después no la borra nadie…”

Yo no me salvo de ésa. Nunca quedé satisfecho con ninguna de mis historias, pero lo que publiqué entre 1979 y 1992 (cuando finalmente me hizo click y logré algo meramente adecuado) fue bochornoso. Como muestra, basta un botón: el 23 de marzo de 1983, El Debate publicó mi reportaje a Eduardo Mateo. De entrada, el “Eduardo Matteo” del titular y el “Jaime Ross” del texto (ninguno de los dos errores míos; eran las épocas en las que uno llevaba el texto y alguien más lo transcribía, generalmente con horrores ortográficos) casi provoca mi suicidio, pero yo, que recién había cumplido 19 años y hacía tres que escribía “profesionalmente”, no ayudé mucho. El final de la nota es realmente impresentable y me lo llevaré a la tumba. Lo que sí me gustó fueron las respuestas de Mateo, a quien encontré una vez después de un show en el teatro Nuevo Stella (creo que fue la última presentación de Pastoral, antes de su disolución). Le había pedido que llegara a casa (un segundo piso en Colonia entre Ejido y Yaguarón) a eso de las 9 de la noche, y que fuera puntual. A las 9 en punto, suena el timbre y ahí estaba Mateo, empapado y con una guitarra (también empapada y sin sobre ni estuche) sobre el hombro.

“¿Está lloviendo?” pregunté mientras abría la puerta y miraba a la calle. “No”, me respondió, y en lugar de preguntarle por qué estaba chorreando, decidí subir e iniciar el reportaje. Mi primera pregunta (que inteligentemente dejé afuera) fue memorable: “Qué bueno verte de nuevo… Estabas como desaparecido… ¿Dónde andabas?”

“Mmm-mirá, l-l-loco…” empieza a balbucear Mateo. “Y-yo n-n-no sé si vos s-sab-sabés, p-pero y-yo… Estuve en cana”. Yo quedé blanco. Debería haberlo sabido y después me enteré que había caído, como tantas otras veces, en una de las infames razzias que hacían por esa época y había estado preso y/o en el Vilardebó.

Pese a mis limitaciones, la pasamos bárbaro y días después recibo un llamado de Renée Mieres, su novia de aquella época, para decirme que Mateo quería invitarme a comer a su casa, donde vivía con ella en la rambla frente a Malvín. Fui, comimos bárbaro (cocinó Mateo) y en un momento le digo, “Che, tocate algo…” Mateo, feliz, fue a buscar la guitarra y, a pedido de Renée, hizo dos increíbles versiónes de “Canción para renacer” e “Y hoy te vi”.

Un año después me fui de Uruguay y nunca más lo volví a ver. Cuando murió en 1990, escribí una nota para el diario Noticias del Mundo de Los Ángeles y muchos años después, en 2007, David Fricke (uno de mis mayores ídolos hasta que le dio cinco estrellas al nuevo de Juanes) escribió una maravilla en Rolling Stone sobre Mateo solo bien se lame.

Entonces acá está: mis torpes preguntas y las grandes respuestas de Mateo en 1983. Era uno de mis reportajes olvidados (Spinetta Jade y Dino Saluzzi son los otros dos que estoy tratando de recuperar). Todo el mérito es de Mateo. Sólo los errores son míos.

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¿Qué es “La máquina del tiempo“?

“La máquina del tiempo” es un juego, una ficción que trata de poner en funcionamiento la imaginación de la gente, para que la fantasía haga de sus conocimientos y poderes lo más conveniente. Por ejemplo, si aclara algo, el hipocondrio es un poder de la mente, de la imaginación y, por lo tanto, de la fantasía. “La máquina…” trata de que las personas, en vez de imaginarse el cáncer, se imagine que nunca va a envejecer. O sea, enseña a la gente, a través de viajes en el tiempo, a no envejecer nunca. Bueno, ahora arreglate como puedas para ponerlo, porque esto lo aprendí de Einstein.

Lo que Einstein fue para la ciencia mundial, ¿pretendés que “La máquina…” lo sea para la música nacional?

Por supuesto, lo es. Es más: la ficción, en ese sentido, precisamente, es la trascendencia de músicos como, por ejemplo, Hugo Fattoruso, Jaime Roos, Wayne Shorter, Stanley Clarke, Billy Cobham, John McLaughlin y, para mi gusto, que son increíbles cómo ficcionan la música en el tiempo, los músicos hindúes como Ravi Shankar.

Por lo que escucho, se nos viene algo que poco y nada tiene que ver con lo habitual…

Ah… Por supuesto. “La máquina…” no es un recital más. Es una obra de teatro musical.

¿Algo que ver con “Tres bigotes y una mosca más uno”?

Es más o menos parecido, o superior. Yo sigo trabajando, pero mi deseo es superarme. Con “Tres bigotes…” no estaba conforme; mi objetivo es “La máquina…” Ahora bien: actualmente estamos junto a Horacio Buscaglia en la introducción a “La máquina del tiempo”. Luego vendrá la segunda, etcétera.

¿Qué relación habrá entre el disco y el espectáculo?

Cada espectáculo de “La máquina…” va a ser grabado en un L.D. que saldrá a la venta. Claro, sino, ¿para qué se va a grabar el L.D.? Además se va a vender un librito con la introducción de “La máquina…” que es el título del espectáculo. Yo casi no voy a usar la guitarra, ya que la parte musical será casi toda en playback. Además, también en off, habrá efectos de sonido representativos de computadoras, cerebros electrónicos, robots, etcétera.

¿Qué lugar ocupa el humor?

Ocupa el lugar de las dimensiones de cada persona. De acuerdo a la capacidad de cada uno, para captar la relación que existe entre entre el espectáculo y la vida cotidiana, “La máquina…” va a ser un símbolo en la sensibilidad del espectador.

Te veo feliz…

Estoy muy contento, estoy como en expectativa. La primera parte está hecha y, aunque la segunda me pueda resultar difícil, tengo fe.

Previamente a algún trabajo tuyo, ¿te habías sentido tan feliz?

La vez que me he sentido más feliz, es ahora.

¿Se debe a algo en especial?

Se debe a algo muy importante, y es al mensaje de “La máquina…” para que los seres humanos olviden todo aquello que lleva a la vejez.

¿Te referís a la senectud física o espiritual?

Es que una cosa trae la otra. Por supuesto, el espíritu es aquello que le da brillo o sombra al aspecto físico.

Noto cierta repulsión tuya hacia todo lo referente a la vejez…

Sí, es temor. Tengo miedo terrible a la vejez. No quiero envejecer nunca. Me rebelo totalmente a la vejez.

¿Qué influencias hay de la vejez en tu música?

Y… Por lo que hemos andado, te darás cuenta que ha influido en todo.

No entiendo.

¿Cómo…?

Supongo que crees que saco en conclusión una música “pasiva” de tu parte… (??)

Estoy creando mucho más que antes, es una necesidad.

Y todo por la vejez.

Claro, claro. La preocupación por el tiempo se la debo a Horacio Buscaglia, que me ha sabido aconsejar sobre escritores capos en el asunto como Powell, Borges, Kafka, etcétera.

Muchos han hablado de El Kinto, pero no recuerdo palabras tuyas al respecto…

El Kinto fue un buen grupo de música afro-beat y, según Buscaglia, en ese tiempo El Kinto estaba adelantado. Yo, modestamente, pienso que hicimos lo que pudimos. Cuando nosotros incluimos las tumbadoras, a Santana nadie lo conocía.

¿Cómo los recibieron?

Cuando nos vieron entrar al Parque Hotel, al lado de Delfines, Sexteto, etcétera, dijeron: “Uy, mirá… Contrataron una sonora…” Pero, por suerte, cuando actuamos, tuvimos un recibimiento fenómeno de parte de la muchachada.

¿Lo esperaban?

No lo pensamos. Nos gustaba lo que hacíamos y nos importaba un pito todo.

¿Qué pasaría con El Kinto ahora?

Francamente, no lo sé. Pero tocaríamos con mucha fe, con mucha sangre. Esas cosas se transmiten. Pero pienso que, por el interés de la prensa y de la muchachada que siempre nos recuerda y tiene nuestro disco, pienso que sí, que El Kinto gustaría.

¿Qué concepto tenés del Canto Popular?

Yo pienso que es un movimiento de muchos estilos. Vale, todo vale.

Recordando la “época de oro” de nuestra música y su abrupta extinción, ¿pensás que pueda suceder algo similar con el Canto?

En cuanto a eso, tengo fe de que la gente, la gente nueva, porque cada vez hay más gente nueva, se le despierte más y más (como sé que se la va a despertar) ese interés por defender lo nuestro.

Cambiando de tema, ¿qué pasa en el Puente Sobre el Mundo?

Es un bolichito hermoso de dos plantas, en el cual (en planta alta) se hace música. Actualmente estamos trabajando Leo Maslíah y yo. Exhorto y pido por favor a toda la gente que no nos olvide y nos vea. El brebaje es muy barato y, además, hay juegos para distraerse en los momentos que para la música.

¿Qué opinás de Leo?

Es un tipo increíble. Sinceramente me simpatiza, lo quiero en pila y lo que hace es sensacional. Por fin lo conocí. He escuchado un montón de cosas de él sin conocerlo, hasta que al final lo conocí.

Finalmente, quiero que me digas tus estudios musicales.

Estudié solfeo con Nydia Scaffo, maestra sensacional que fue una madre para mí. Luego que terminé, hice un tiempo con Amílcar Rodríguez.

**

Como si esta última pregunta no hubiese estado más fuera de lugar, cerré la nota con una cita de Jaime Roos (que le pedí para acompañar la nota) que no necesitaba más nada, pero después de la cita la rematé con una pelotudez que no voy a revelar acá. Así que cerramos con Jaime, a secas:

“Eduardo Mateo es el más grande compositor, letrista, cantante y guitarrista de la música uruguaya. Si tomamos su capacidad de improvisación, sólo Hugo Fattoruso lo empareja. En resumen, son los dos maestros. Pero ponelo onda ‘Los Dos Leones’, como la fábrica de pastas: Los Dos Maestros”.

 

 

#96 / Roberto Canessa y el mito del “No aguanto más”

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En diciembre de 2015 me llegó el adelanto de un libro que me paralizó: I Had To Survive (Atria Books), la versión en inglés del libro del Dr. Roberto Canessa que finalmente salió publicado (en inglés y español) el 1 de marzo de 2016. Para quienes no reconozcan el nombre, Canessa fue uno de los sobrevivientes del llamado “Milagro de los Andes” de 1972. A nivel personal, siempre quise hablar con Canessa, Fernando Parrado o algún otro sobreviviente de la tragedia/milagro; fue esa odisea, así como los milagros futbolísticos uruguayos a lo largo de la historia, lo que me permitió (como persona sin muchos estudios) sobreponerme a todo y “meterle para adelante” siempre. La publicación de este libro me daba la oportunidad de, finalmente, hablar con la persona que a lo largo de mis 52 años me vino a la mente siempre que me dije “no aguanto más”. Milagrosamente, siempre salí de todo y aquí estoy, lleno de moretones pero vivo y coleando.

Inmediatamente me comuniqué con mi editora en The Associated Press y mi nota salió publicada junto con el lanzamiento del libro.

Lo que sigue es la transcripción casi completa de mi videochat por Skype con Canessa y Pablo Vierci, el coautor del libro, en enero de este año. Ni bien pueda agregaré algunos detalles que faltan, pero ojalá este fragmento de mi conversación de casi una hora les sirva para que piensen dos veces antes de sucumbir ante ese falso “no aguanto más” que nos ataca a todos.

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Antes que nada, hábleme un poco sobre su relación con Pablo Vierci, el coautor del libro.

Pablo era dos años mayor que yo en el colegio. Nos presentamos a un concurso de poesía. El sacó el 1er puesto y yo el segundo. Rugbistas poetas, una cosa extraña, pero tiene mucha coherencia por la pasión del rugby. Y él se ha convertido en un experto en el tema de los Andes. Pablo escribe el libro La sociedad de la nieve, un libro sumamente exitoso, que da el trasfondo de por qué esas personas sobrevivieron en los Andes, qué características tenían, y [La sociedad de la nieve] tiene una diversidad de fórmulas sobre cómo sobrevivir. El error que ha cometido el mundo es que se piensa que el sobreviviente tiene un perfil solo. Yo creo que el sobreviviente, así como el vivir la vida, tiene muchos perfiles. Y él logró enfocar en cada uno de los sobrevivientes cuál fue su perfil. Tal es así que, cuando hacíamos ese libro, en cierto momento le digo, “Mirá, Pablo, yo creo que nosotros tuvimos que crear una sociedad nueva adaptada a ese lugar… Creo que vivíamos en una sociedad en la nieve, totalmente diferente a la sociedad civilizada”. Y le encantó ese nombre. Y tanto le encantó que al capítulo le había llamado “La sociedad de la nieve”. Lo malo es que, a los que [publicaron] el libro, también les gustó y lo usaron para nombre del libro. Y nos dimos cuenta que nos habían quedado muchas puertas interiores por abrir, de ver que la persona que había pasado por todo eso obviamente tiene que haber dejado marcas en la conciencia y el espíritu que podrían haberse transformado en un problema terrible. Alguien dijo, “Estos muchachos vivieron tanto que su alma ya tiene 80 años y no les auguramos una larga vida”. Bueno, aquí sigo, [44] años después. Entonces, junto con Pablo buscamos en esa idea de por qué me aferraba yo tanto a los pacientes, por qué buscaba casos perdidos e imposibles, y surge la duda: ¿Ya era así antes o soy ahora así? Pablo tuvo esa intuición, quizás por su formación de psicólogo, de ir viendo adentro y fuimos encontrando cosas. Una mañana estábamos hablando por teléfono y le digo, “Pablo, cuando veo la ventana del ecógrafo y veo a ese niño ahí adentro, es como la ventana del fuselaje que me unía a la vida”. Y ahí Pablo compró. “Pero Pablo, ¿no será un divague?” “¡No, Roberto, eso es así, es así! ¡Es terriblemente poderoso! Tú estás vinculado a todo lo que es la búsqueda de la vida”. Y así fueron surgiendo muchos paralelismos. Y yo seguí viviendo la vida, no como sobreviviente pero sí como rescatista, ¿no? De ayudar a salir de su montaña a tantas familias y, en ese sentido, he tenido un retorno espiritual maravilloso, con esos padres agradecidos, que a fin de año vienen con esas niñas grandes. María del Rosario ya cumplió 12 años… Los padres tenían grandes dudas, si no era traumatizante para ellas poner todas sus peripecias en el libro. Y ellas decían, “Pero mamá, ¿cómo no voy a estar yo en el libro de Roberto, si él me salvó la vida?” [El libro muestra] un camino impresionante para mucha gente que maneja adversidades como todos y a veces con adversidades extremas, como es tener que comerte a los muertos, como es sentir que te vas a morir. ¿Cómo convivir con esos muertos que están alrededor tuyo y cómo sobrevivir y salir adelante? Este libro está dedicado a los que sufren, para que sepan que hay esperanzas. Creo que ése es el gancho más importante del libro. No solamente de la cordillera ni de una enfermedad, sino de muchas cosas.

“La cordillera de la vida”…

¡Claro! Es una imagen un poco gastada, que cada cual tiene su propia cordillera y la trepa como puede, pero yo creo que cada cual tiene sus problemas y los maneja como puede. Acá lo que hay es una manera de manejarlos. No solamente la manera mía sino la manera de los pacientes. Siempre surge una madre o un padre que están enganchados de manera diferente, y eso es lo fascinante: que podemos resolver problemas muy importantes con diferentes palancas, cuñas, gatos, herramientas.

Sacando fuerzas de donde uno no tiene… El ejemplo de los Andes siempre me marcó mucho, es un recordatorio constante de que muchas veces nos sentimos que no damos más pero siempre como que queda una reserva que ni nosotros mismos conocemos, ¿no?

Es el famoso lema del “no aguanto más”. Yo sentía eso a la media hora del accidente, pero resulta que aguantás mucho más. Aguantamos 72 días. Si nos hubiesen dicho “vas a tener que esperar 72 días”, yo hubiese dicho “No, yo me muero ahora y me ahorro todo el resto”. Y ese “no aguanto más” es una sensación espiritual, no es una realidad material. No sabemos nosotros cuándo es “no aguanto más”, no sabemos cuáles son los límites de nuestras fuerzas. Porque seguís aguantando y seguís estando. Y con cada paso en la cordillera no aguantás más, y sin embargo das el siguiente paso. No es que uno no sepa cuánta fuerza tiene: lo que no sabe es dónde está el límite de sí mismo y uno cree que conoce todo de sí mismo, y ése es el error. Cuando uno realmente no aguanta más es cuando se muere. Pero la mayoría de los “no aguanto más” son grandes mentiras.

Después de todo lo que pasó en la cordillera, ¿siente, realmente, que hay algo imposible? ¿Alguna vez se dice a sí mismo que tal o cual cosa “no tiene solución”?

Yo lo único que pienso es que, si logré salir de los Andes, voy a tratar de hacer otras cosas y, si es posible, que me vaya bien. Apliqué la misma fórmula: das un paso, das otro paso, vas caminando, vas viendo, te vas acercando, vas esperando… Vas viendo que le energía te vuelva de vuelta…. Yo creo que el timing es muy importante, a veces. A veces nos apuramos mucho: “No, es imposible”. Lo que es imposible es educar a los hijos, por ejemplo. ¿Viste qué difícil que es cuando te confrontan y te discuten? Y vos decís, “Pero acá no puedo aflojar, tengo que dar el siguiente paso, tengo que seguir avanzando…” Además, yo disfruto de esa incertidumbre gigantesca de los desafíos de la vida. Creo que es lo sabroso. No es un tema de si hay imposibles, el problema es si hay sueños y si estás dispuesto a avanzar hacia ellos. Aunque suene a cliché, la vida es el camino. Si ya te compraste la Ferrari, la remera Lacoste, tenés la modelo, todo, y te mirás al espejo y seguís siendo el mismo estúpido de siempre, entonces te das cuenta que arrancaste mal, que no era de afuera lo que necesitabas, sino de adentro. Por eso hay tanto sufrimiento, porque se te atiborran todas las entradas de placer y quedás intoxicado y no tenés tiempo para sentir, para desarrollarte y te das cuenta que tiene razón el asceta que vive en un camastro y vive realmente conectado a lo espiritual.

En Uruguay nos jactamos de tener el lema ése que dice que en nuestro país “las únicas estrellas están en el cielo”. Me da la impresión de que en Uruguay no se le da hoy tanta importancia al milagro de los Andes que la que se le da en el resto del mundo. Se llegó a insinuar, incluso, que si los pasajeros del avión hubiesen sido de otras clases sociales, no tan “acomodadas” como las de Carrasco, hubiesen salido antes de la montaña. ¿Eso lo molesta o hiere?

Me encanta, me fascina, me parece divertidísimo. Me da mucha lástima el mecánico de Villa Española que se murió triste y solo. Yo le preguntaba cómo se manejaba la radio [del avión], un montón de cosas… Y capaz que es verdad: si [los pasajeros] hubiesen sido de Villa Española hubiesen salido mucho antes, pero no estaban ahí los de Villa Española, ahí estábamos nosotros e hicimos las cosas como pudimos. Yo creo que el conocimiento te ayuda muchísimo. Este país es divino, pero tiene la neurosis del Río de la Plata. Vivimos en la época del tango, del pasado, de que se fue, que no volvió nunca más, todo ese lloro que tenemos constante, y además esa frase tan divina que dice “Y éste que va a hacer? Yo lo conozco, vive en la esquina de casa”. “Si yo nunca me elevé más de dos centímetros del suelo, el otro no puede subir”. Pero eso se está terminando, porque ya estoy viejo y tengo pelo blanco, voy caminando por un corredor del hospital y la gente dice, “Mirá, mirá, ése es el Dr. Canessa, después te cuento su historia”. Pero para eso tuvieron que pasar 40 años, se supo que la historia que contábamos era la verdad, que no había dos versiones, que cumplimos con todos nuestros objetivos de volver a la vida, que fuimos solidarios. Pero está muy bueno eso, es donde vivimos, a nosotros nos gusta ser así también.

La pesadilla no terminó cuando los rescataron, sino que ahí empezó otra odisea, ya que los rescatistas no creían que los sobrevivientes estaban donde ustedes decían que estaban.

Estaban totalmente desconcertados, pensaban que estaban viendo marcianos, no le entendían nada [a Parrado], no entendían cómo habíamos sobrevivido. Era un milagro que nos vieran vivos. Los únicos que sabíamos que no era milagro eramos nosotros, porque lo habíamos vivido, pero [los rescatistas] estaban totalmente desorientados. De las frases más lindas y emocionantes que vi en un diario de Chile era una que decía “Uruguayos tenían que ser”. Ése espíritu negativo que tenemos es el mismo que nos hace no aflojar y nos permitió salir campeones del mundo varias veces. Cuando nos creemos que estamos muy bien, que somos fantásticos, después vamos a la realidad y perdemos 10 a 0. Nosotros tenemos que ir de punto para ganar partidos, no podemos ir de banca. Cuando vamos de banca estamos fritos. Pero al momento del rescate estábamos muy felices. Los chilenos fascinados, como que nacimos de vuelta. Y ver ese helicóptero y saber que iban a volver mis amigos, aunque no sabíamos cuántos iban a volver…

Pero ¿cuántos quedaban en el avión cuando usted salió a caminar con Parrado, y cuántos quedaban cuando volvieron?

Pablo Vierci: Cuando Roberto, Nando y Tintín [Antonio Vizintín, que regresó al fuselaje al tercer día de la caminata de Canessa y Parrado] salieron, quedaban 13 sobrevivientes vivos, 14 con Tintín. O sea que en esos 10 días de caminata ninguno murió. Incluso lo que precipitó la salida de la expedición final fue la muerte de Numa [Turcatti], el último en morir. Pero eso fue antes de la expedición final.

Canessa: Éramos 16 en total. Quedaron esperando 14 en el fuselaje y sobrevivieron todos. Recién el año pasado falleció el primero, que fue Javier Methol.

Me imagino la mezcla de alivio y euforia que sintieron al momento del rescate…

Sentís que lo habíamos hecho como equipo, que les pudimos cumplir. Era un momento de una alegría brutal. Fue como haber pasado 72 días con un elefante sentado en la cabeza y de repente no estaba más el elefante y podías respirar hondo y bajar la guardia.

Como buen (e irracional) futbolero, últimamente desarrollé una especie de fobia contra todo lo chileno. Pero preparándome para esta conversación, lo ví a Carlitos Páez llorando y gritando “¡Viva Chile! al momento del rescate y como que fue un muy necesario ayudamemoria. Así que desde estas líneas le pido disculpas a cualquier chileno que ofendí desde la última Copa América…

Con Chile siempre tuvimos una relación excelente. Vas a Chile, te invita gente, te invitan a una copa… ¿Quién va a negar la hermandad con Chile? Nosotros también somos muy babosos. El chiste ése de que, si salís a una fiesta, tiene que manejar el chileno porque nunca tocaron una copa… Hay una baba de ida y vuelta, pero creo que ellos también tienen derecho de ganar su partido. Con Chile nos podemos agarrar a las tortas en un partido de rugby, pero hay un tercer tiempo que nos une de toda la vida. El otro día escuchaba a un comentarista chileno decir “¡A Uruguay es imposible ganarles, si se caen de un avión y salen caminando!” Desde esa humildad que tuvieron para decir que lo que hicimos era imposible, nos ganaron.

En el libro usted menciona las diferentes personalidades entre usted y Nando, al punto que uno piensa que solamente ese equilibrio entre ustedes dos, esa combinación, hubiese permitido salir de la montaña. ¿Qué tipo de relación tienen hoy?

Somos totalmente diferentes. A Nando le gusta el glamour, Punta del Este, los autos deportivos, y a mí me gusta trabajar de médico. Mi mujer me dice “¿Por qué no hacés como Nando, que la pasa bien? Vos te pasás autoflagelándote”. Ahora estoy en el medio del campo, corriendo atrás de los caballos, transpirando y todo, pero creo que ahí le encuentro el gusto a la vida. Yo no soy para estar tirado en la playa, conversando, o para dar entrevistas con AP por Skype… (se ríe) Me gusta el sabor del asadito casero, y ahora no puedo comerlo porque estoy a dieta.

Explíqueme bien esa imagen de que usted y Nando dormían al borde de un precipicio.

Es lo que había. Estás ahí colgando de una piola y lo único que querés es que la piola no se rompa. Lo importante del libro es poder relatar esos momentos que hacen los seres humanos y cómo los viven y los sienten. Yo te lo puedo contar, pero con un libro podés leerlo y releerlo y ver vos qué harías en ese momento. Ésa es la gran ventaja. Al tener un libro vos manejás el relato. Yo tenía la necesidad de dejar plasmado en un libro cómo son las personas y cómo reaccionan a 4,000 metros en un precipicio. Lo único que sabíamos es que, caminando sin parar, 100,000 pasos al oeste estaba Chile. Ese hilo conductor de la noche, esa lucesita que ves al final del camino que te dice, “No aflojes, seguí, que caminando vas a llegar. Si parás, estás muerto seguro”.

Pero los que caminaron fueron ustedes dos.

Nando estaba totalmente convencido que tenía que ir con él. Él me quería en la escudería, sabía que conmigo iba a andar bien. Y yo no tenía ganas de ir, me parecía absurdo, sentía que me estaba manipulando, que él era el portador del mensaje de, “¡Sí, vamos a sobrevivir!”, como si estuviese dispuesto a inmolarse en la montaña. Un día Arturo Nogueira me dijo “Bo, Roberto, la verdad que vos te debés sentir bárbaro, porque vos te das cuenta que nos podés salvar a todos y yo tengo las piernas quebradas”. Y ahí me di cuenta que me la estaba robando como un sinvergüenza y me convencí que tenía que meter [toda la carne] en el asador y me vino la idea heroica, me decidí a caminar y me importaba un pito si me iba a salvar o no. Hasta ese momento, la idea de especular a que otro saliera funcionó, pero en ese momento hice el click y me decidí a caminar. “Vamos, Nando, qué me importa si me toca morir”. Y Nando tiene una personalidad muy tranquila, muy de seguir y soportar todo… Cuando Nando quiere algo, banca lo que sea. Y bueno, me tenía que bancar a mí. Nos empezamos a transformar en uno, dormíamos abrazados, sin barrera, no había nada, había como una dependencia del uno y del otro. En lugar de ser dos personas, eran cuatro manos y cuatro pies que caminaban por la cordillera con dos cabezas.

Cuando quedaban pocas esperanzas, si no ninguna, su padre, Juan Carlos Canessa, se enteró que usted y Nando habían aparecido con vida mientras estaba en un taxi en Buenos Aires, y terminó llorando y abrazado con el taxista. “Mucho he pensado en aquel taximetrista, del que nunca supe el nombre, que me devolvió la vida justo en el momento en que yo había claudicado”, escribió su padre en el libro. “Recuerdo perfectamente su fisonomía: era ligeramente gordo, el cabello raleado, tenía unos 50 años”. ¿Le gustaría conocer a ese taxista?

Se terminaría la fantasía. No sé si tengo ganas de conocerlo. Es una historia de mi padre, yo no viví ese momento. Es como la carta que desapareció que Nando le tiró al arriero.

Me gustó la desdramatización que se hace en el libro de la antropofagia. Cuando debe mencionarse, se menciona, pero como la cosa más normal, sin demasiadas explicaciones ni justificaciones innecesarias.

Si tengo que encontrar una virtud de todos los sobrevivientes es que todos han sido honestos con la historia. Yo creo que [la historia] es tan fuerte en sí misma que es una lástima desvirtuarla y transformarla en un libro de canibalismo. A mí me dicen, “Ustedes se salvaron porque se comieron a los muertos”, como si fuera una fórmula mágica: te comés un pedazo de muerto y salís de la cordillera. Nosotros nos salvamos porque salimos caminando. Nos salvamos porque encontramos al arriero. Nos salvamos porque éramos un equipo, nos salvamos porque Dios nos ayudó y Dios es grande. Nos salvamos por cosas muchos más valiosas. Ése es el gancho gigantesco de la historia. Las personas creen que lo peor es tener que comerte a los muertos. Lo peor es ver que se mueren todos tus amigos y ver que vos sos el próximo en la fila. Estás ahí en lista de espera para morirte y lográs sobreponerte a eso y que hay una fórmula para hacerlo, y el “no aguanto más” es el umbral de un camino de 70 días.

En el ’94 usted incursionó en la política. Ahora que aparentemente el romance con el Frente Amplio empieza a desgastarse, ¿hay alguna posibilidad de que vuelva a hacer alguna campaña?

¡Tas loco! Si salgo presidente ahora salgo corriendo. Yo lo veo a Tabaré Vásquez, colega, ha envejecido 10 años en nueve meses. En este momento el poder sindical es pavoroso. Tienen toda parada la basura y la tiene que recoger el ejército. Y les siguen diciendo “¡milicos putos, no queremos que recojan la basura!” Estamos metidos en una parafernalia muy terrible, le han dado mucha manija y la manija se soltó ahora y le va a arrancar los dientes a todos los que estén cerca. Es un país muy diferente al que había cuando teníamos el Partido Azul, que era otro Uruguay. No es un momento para enganchar la política.

Yo banco al FA, pero pienso que, justamente, en momentos difíciles se requiere de grandes hombres, y si alguien puede soportar y aguantar cualquier cosa, ¿quién mejor que usted?

Sí, cuando tenía 19 años podía, pero ahora estoy jubilado. Quizás mi nieto sea presidente. Hay 53 fotos en el libro y ves a un flaquito morochito de 19 años que se va poniendo gordo y le aparecen las canas y los hijos. Vos me estás proponiendo para presidente, pero yo tenía 19 años y ahora tengo 62, loco, y peso 98 kilos. No, dejame tranquilo… (se ríe)

Pablo, la última: dame la visión definitiva entre el paralelo entre la montaña y la profesión actual de Canessa.

El vínculo entre la montaña y la profesión de Roberto como cardiólogo infantil es el inicio del inicio, cardiopatías en el feto, en el recién nacido, eso es un vínculo intransferible, no es un simulacro, no está traído de los pelos. Trabajamos 10 años en el libro. Estábamos en el año tres y Roberto me dice, “Pablo tenés que ver a Isabelle [mamá de Agustín, uno de los pacientes]… (se emociona cuando lo dice). Y fui a la casa, los entrevisto a los tres y después me fui y estoy parado con el auto en la Rambla y llamo a Roberto y le digo, “Roberto, el libro cambió de órbita”. La nueva órbita estaba ahí y no la veíamos por estar encandilados con la luz de la cordillera: es la luz que tienen que enfrentar todos los niños todos los días. Lo de la cordillera es más épico, pero lo otro tiene una épica intrínsica. Entre la cordillera y esos niños a los que Canessa ayuda a sobrevivir con su trabajo, encontramos el hilo conductor de la vida.